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Tras la mascarilla

Le tengo miedo a una existencia de bocas tapadas, a un mundo sin bocas. Desarrollé—desarrollamos, espero—, así como evolutiva o adaptativamente, un miedo a la piel ajena, a la cercanía o a los microbios. Pero una vez que me sentí encoger ante un abrazo en una película, o tensar ante el cálculo mental de <2 metros entre dos personas por donde yo tenía que pasar, se me fue fermentando un miedo más chiquitito, menos importante. El miedo grande—a la muerte, al colapso del mundo como lo conocemos y a la irresponsabilidad social, que de a poco va cobrando tinte de asesinato—tiene lugar en la tele, en la notaría, en la infografía que compartes desde el encierro porque nada más que hacerle. El miedo al costo de la supervivencia, en cambio, solo tiene lugar en palabras escritas que no pasan por la boca.

Por la boca comes, respiras, hablas, dejas entrar y dejas salir, como que fuera la aduana de tu cuerpo. Ni hablar de que por la boca suspiras, gritas y aprietas los dientes. Hay guerras y visitas diplomáticas que dependen de tu control fronterizo.

No sé muy bien de lo que hablo, pero voy a hablar de la boca como un microbioma o un universo en sí, un hábitat químico de la personalidad. Tampoco te voy a buscar la firme, la numérica, de cuántas bacterias, enzimas y otras microscopías que la persona promedio no sabe ni diferenciar componen tu saliva. La exactitud da lo mismo. Piensa en cambio en la complejidad del aliento y en que un beso es literalmente el test de química del organismo, o en que el tracto vocal humano puede generar la mayor gama de sonidos de todo el reino animal. El punto es que tu boca tiene suficientes peligros adentro para descomponer el mundo exterior una vez que este último entra a ese cráter oscuro. Que la cara es el lugar más fuerte por la cantidad de músculos que se ocupan al sonreír, que aquellos de la garganta se contraen como público de estadio haciendo la ola, o como serpiente, cada vez que tragas. Que la lengua es órgano de revolución.

Cada idioma tiene su propio y distinto posicionamiento estándar del tracto vocal, lo cual significa que tu boca, al fin y al cabo, se moldea a la forma de tus palabras. Es la razón por la que la gente francesa se arruga tanto más alrededor de los labios—por sus vocales redondas y tensas y por fumar, de repente. Entonces me imagino un mundo sin fumar. Yo no fumo y fumar hace mal, pero me da una sensación extraña pensar en un mundo donde uno solo se puede hacer daño en la privacidad de su casa. Es como quitarle el desgaste de materiales a la vida, como salir a la calle en un estado criogénico.

Me imagino no poder sopesar la sinceridad en base a la forma que cobra la boca y tiemblo. Aún más que a conocer personas en cuarentena, en un plano digital, le temo al desconfinamiento de conocer personas en persona con mascarilla, porque las palabras mienten pero la boca traiciona. Sin el insumo de mirar la boca, me siento medio piti y socialmente inadaptada. (Esta es una petición formal para que la próxima vez que nos veamos hagas evidentes tus ironías, porque me da pánico no reconocerlas.) Le temo a la cualidad difusa de los mensajes semigritados tras una mascarilla. A que el habla pueda ser interacción pero con suerte nos de para transacción. Le temo a la extinción del lápiz labial y de la vergüenza de tener frenillos, con el ardor nostálgico de pensar en lo natural que nos era la vulnerabilidad.

Pero estas son palabras que no deben pasar ni por tu boca ni por la mía. Si se quedan en el papel, en la pantalla, es solo un mapa o una receta, o una información nutricional o una composición química. El plano de construcción de una bomba. Pero si se diluyen en la saliva, enredan en las cuerdas vocales y amasan con la lengua, estas palabras son corrosivas de la barrera que nos protege. Y en tanto necesitamos esa barrera, hay que dejar de tener boca.

--by Sofía Correa Busquets

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